Archivo | diciembre, 2014

La Confesión

22 Dic

Esta es la historia de un hombre mayor, muy enfermo, con el tiempo contado para morir.

Estaba en los últimos momentos de su vida, solo, muy solo, como resultado de haber tenido la obsesión diaria por el control de la conjugación en primera persona de cuatro verbos: saber, poder, tener y valer.

“Yo sé, yo puedo, yo tengo y yo valgo” eran los protagonistas de sus conversaciones, siempre precedidas por el egoísta yo.

Tanto era así que habiendo abandonado todos los valores, buscó dentro de sí el mal que en todas las acciones le dominaba, sin piedad. Quiso saberlo todo y no dudar, lo que le alejó de todos sus amigos de la infancia por ya no poder aguantar tanta arrogancia, no hablemos de hacer nuevos. Quiso tener poder para conseguir todos sus retos y dominar a todos aquellos que le rodeaban, empresarialmente, políticamente, pensando que siempre tomaría las decisiones correctas, sin importar jamás otras personas, salvo él.  Quiso tenerlo todo, lo material inundaba su vida, las cosas más valiosas, los mejores coches, relojes y las mejores casas. Quiso poseer a las mujeres más bellas sin sentimiento. Finalmente quiso valer más que nadie, entendía que lo importante era aquello que más valor tenía, sintiendo un enorme desprecio por aquellos cuyo éxito no comprendía. Horas en los despachos sin volver a casa, aviones, nunca estar atento a nadie, muchos ceros en sus cuentas, muchas casas grandes con de todo, pero sin gente, mucho de mucho, era poco para él.

Ese día en el que no había pensado estaba llegando, rodeado de enfermeros a sueldo, estaba con la tan temida soledad como única compañera y un respirador.

Al caer el sol del frío día de invierno, sonó un timbre inesperado. Era un joven con barba, con semblante de paz, el mayordomo le echó unos 33 años, no entendía nada por no haberle visto jamás aunque su cara le resultaba familiar, motivo por lo que le dejó entrar pensando que era un pariente lejano de su jefe. El joven entró con una educación exquisita, tanta confianza y paz, que fue dejado pasar  por los salones y pasillos por seguridad, médicos y enfermeros hasta los aposentos del anciano. Este, al ver al joven se extrañó tanto que sintió miedo, empezó a gritar desesperado sin atender nadie a su grito, el joven sonreía y paso a paso, se acercó. El viejo sentía un temor inaudito, pánico, temblaba sin igual, hasta que el joven cogió una silla, se sentó a su lado y le cogió la mano con tal cariño, para el desconocido.

El joven le dijo: “Tranquilo, tenemos tiempo”.

“No entiendo”, respondió el anciano. Él contaba ya los minutos hasta lo desconocido, hasta el final, su final.

Empezaron a hablar y poco a poco el anciano con una sorprendente lucidez le fue desgranando toda su vida, no entendiendo como el joven le podía aguantar tanta maldad con tan semblante de paz. En su vida había predominado el odio, el egoísmo, el sexo, el dinero, lo material; empezó a contar el daño que había hecho a terceros, a describir todo lo comprado a costa de ese odio interno. Le contó a cuantas mujeres había despreciado después del sexo, a cuantas había comprado con joyas que ahora guardaba en una caja fuerte de la que solo él sabía la combinación; empezó a hablar de las familias que había destrozado por echarlas de sus trabajos, las almas que había comprado, siguió, siguió soltando todas las barbaridades por su boca: la droga que había consumido, los nombres de las personas que había arruinado… Cada vez más sorprendido por no ver inmutarse al joven, el cual seguía a su lado cogiéndole de la mano cada vez con más fuerza, sus ojos los tenía clavados en él, siendo el único que de verdad estaba a su lado, escuchando.

El anciano siguió hablando durante horas, tiempo que pensaba que ya no le quedaba. Cuando acabó, un charco de lágrimas inundaba su cama y empapado en llanto gritó:

“Y ahora no puedo pedir perdón, me voy sin pedir perdón”

El joven, otra vez volvió a sonreír y tras unos segundos de silencio le contestó: “Miguel, no importa el momento, la suerte al pedir perdón, es saberse perdonado”

Pasados unos minutos, acudiendo el mayordomo a abrir la puerta lo que le extrañó fue ver salir a un Padre mayor,  ya peinaba canas,  un hombre con sotana y un libro bajo el brazo que, con la misma educación, se despidió y marchó.

Cuando el mayordomo preocupado corrió a la habitación del anciano, el también se había ido.

PD: Gracias P. Pablo.

a nuestras Fuerzas Armadas, GRACIAS

12 Dic

Si tuvieras la suerte de haber conocido a cuatro grandes tipazos como  Alberto, Eduardo, Gustavo e Iñigo, como he tenido la suerte de conocer yo durante el curso de Defensa de la Nación Española, abrirías los ojos a una realidad distinta que haría que te sintieras más que orgulloso por conocer a personas que siempre dicen sí a defender tu/mi país, tu/mi vida, tu/mi libertad y tu/mi seguridad.

Por culpa de una transición no cerrada en la mollera de algunos de los dos bandos, se ha producido un distanciamiento de los ciudadanos, de los militares. Por ello creo que por justicia, uno tiene que rendir su pequeño homenaje en este blog, por ser unos profesionales como la copa de un pino que trabajan por y para nosotros.

Lo primero pediros perdón, perdón por haber vivido 35 años seguro, libre, sin tener la más mínima conciencia de saber lo importante que es que estéis ahí, cumpliendo un mandato dado por todos los ciudadanos que formamos parte de este país, de forma anónima, siendo capaces de dar vuestra vida por salvaguardar la nuestra. Mientras yo me divierto, alguno de vosotros se está jugando el tipo en cualquier lugar del mundo o en España por mí y ahora que he podido conocer la realidad de primera mano, por fin soy consciente.

Siempre he dicho que uno se puede permitir el lujo de ser pacifista, cuando otros han luchado por su paz y si es verdad que en tiempo de guerra las fuerzas que defienden la libertad son siempre esperadas, en tiempo de paz, parece como que uno se siente incómodo por la presencia militar.

Eso es algo que entre todos tenemos que conseguir cambiar, creo que hay un profundo desconocimiento por nuestra parte de lo mucho que hacéis. Cuento como anécdota cuando hubo uno de los incendios más graves en España, un sábado de madrugada estando muchos de día libre, se llamó a una unidad y acudieron 99 de 100 para dar servicio.

Hoy vuestras misiones por el mundo son para desde lejos, luchar por la libertad de aquellos que no la tienen, siempre con la misión obvia de preservar los intereses de nuestro país, escribo bien, sin ser cínico por saber que son intereses algunos egoístas, pero nos permiten nuestro modus vivendi al que pocos renunciarían.

Siempre dais un paso al frente cuando de forma indirecta os lo pedimos, y si es verdad que alguna vez nuestras decisiones políticas son incorrectas, como fue apoyar políticamente un errónea guerra de Irak, vosotros hacéis vuestro trabajo de forma impecable, siendo un ejemplo para otros ejércitos por vuestro saber hacer y profesionalidad, pero también por vuestra simpatía, empatía y entrega. Sois capaces de defender, rescatar, ayudar, atender, e incluso querer, dejando el pabellón de nuestra bandera en lo más alto, una bandera que nos representa como ciudadanos libres e iguales a todos, aunque haya muchos que no la quieran.

Representáis valores en peligro de extinción, que deberían ser el programa más visto en horario de máxima audiencia,  y cuya ausencia provocan graves crisis. Algo estaremos haciendo mal cuando los jóvenes prefieren ser famosos y no héroes anónimos.

Vuestra actitud es envidiable, todos los que vivimos esclavos del ocio no sabemos más que dar para luego recibir, cuando vosotros sois capaces de dar todo, sin recibir nada a cambio.

No me quiero enrollar más, pero sí que desde aquí quiero dar las gracias a la Guardia Civil por ser ángeles de la guarda, gracias Alberto.

Quiero dar las gracias a los que forman parte del Ejército de Tierra, Ejercito del Aire y Armada, por ser la punta de lanza de una España del siglo XXI, por ser héroes en una época en que los héroes están mal vistos, pero no por ello dejáis de ser necesarios, lo que pasa es que somos muy ingratos. Gracias Eduardo, Gustavo e Iñigo.

A todos los que estáis lejos, espero y deseo que tengáis una Feliz Navidad. Sois un ejemplo y estar lejos de casa no quiere decir que desde aquí no se os eche de menos y  se os desee lo mejor.

A los de aquí, sentir orgullo por estas tipazas y tipazos que son nuestros mejores embajadores en el exterior y no olvides que sin medios y sin dinero, lo que está en peligro es lo que nos afecta directamente. Sin seguridad no hay libertad.

PD: No cuesta nada ser agradecido y dar las gracias a aquellos que están dispuestos a dar la vida por ti.